El adiós

Cualquier pérdida significativa desencadena un dolor que nos afecta. Todos sabemos que los golpes de la vida son la base de la templanza: “Lo que no mata te fortalece”. Vivir es, a menudo, esa oscilación entre evitar el dolor y encarnarlo.

Perdemos la juventud, a nuestros padres, nos casamos y perdemos el hogar familiar, nos mudamos y perdemos el barrio, también perdemos seguridades económicas, bienes y trabajo.

Pero no todas las pérdidas son iguales ni tienen la misma importancia emocional. Algunas son tan significativas que comprometen nuestra salud psíquica y física, son aquellas que teniendo una gran repercusión en nuestra alma suelen tanto quebrarnos como modificar nuestra percepción del mundo.

Sobrevivir al divorcio

Hacer el duelo de la vida conyugal produce una movilización emocional de tal envergadura que requiere de múltiples esfuerzos y de un tiempo considerable para que nos reordenemos en una instancia nueva. A menudo el duelo conyugal es más complicado de elaborar que el Luto: la muerte produce una pérdida irreversible, en tanto que en la separación el ser amado aún está allí. El cónyuge que no puede tolerar la pérdida puede refugiarse en la fantasía de la reconciliación como forma de eludir el dolor que conlleva la aceptación de la separación amorosa, punto de partida para el trabajo de elaboración del quiebre.

“Otras veces quiso separarse y sin embargo hemos seguido juntos”
“Es una reacción excesiva para lo que pasó, ya se le va a pasar”
“Cuando tenga en cuenta el sufrimiento de los niños lo va a considerar”
“Cuando evalúe las pérdidas económicas, del status familiar……..”

La posibilidad de revertir la decisión de separación aumenta si hay frecuente contacto y proximidad entre los cónyuges quienes así reavivan la atracción y unión, especialmente si en esos encuentros hay sexo intenso entre ellos.

Si el deseo de recuperar lo perdido no se concreta en un tiempo razonable corremos el riesgo de avanzar hacia el frecuente universo de los Duelos Postergados. Las estadísticas son elocuentes: la duración del duelo conyugal, sobre todo si hay hijos, no dura menos de 4 años en tanto que el luto por muerte, en un duelo no patológico, se extiende alrededor de los 18 meses.

Además de largo, este proceso es desagradable y desestabilizador del sistema familiar. Nada será como entonces: no sólo los hijos sino todo el entorno familiar viven la ruptura. En este contexto aumentan la mortalidad y las enfermedades como también son habituales las pérdidas económicas. Salud y dinero se ven comprometidos.

Esta conmoción es más frecuente en el inicio de la ruptura donde, a pesar de los múltiples indicios, el trauma es más inesperado e intenso. Se trata, entonces, de sobrevivir al divorcio.

Contribuyen a prolongar el duelo los sentimientos de culpa y acusación.
Hacen más difícil el proceso de separación la ausencia de Ritos específicos y la carencia de apoyos económicos, sociales y familiares. Los mecanismos de resguardo social tienden a favorecer la continuidad de la familia nuclear y a desalentar conductas divorcistas.

Durante el desarrollo de la separación cada integrante de la pareja suele depositar -en más o en menos- culpas y responsabilidades en el otro, logrando complicarse, estancar el conflicto y evitar el desenlace. Si elevan su mirada entenderán que ambos son culpables y al mismo tiempo ninguno lo es.

La pérdida de la ilusión de una vida felíz en común produce mucho dolor y desesperanza.
Nadie entra en zonas de tanto dolor si no está impelido por fuerzas que sobrepasan la amargura y la dureza de la separación.

Cuando hay hijos la ruptura conyugal es más difícil y, a menudo, se la vive como una catástrofe.

En la mayoría de los casos vemos que ambos cónyuges necesitan de los aires nuevos de la separación para afrontar temas no resueltos de su vida, a veces ligados a la historia familiar de cada uno y otras, a lo que no vivieron y quieren vivir: el compromiso con proyectos individuales en los que la pareja se vuelve un obstáculo insalvable.

Estas necesidades se advierten pasado un cierto tiempo de la separación: lejos de la convulsión inicial se clarifican los horizontes y los móviles inconcientes.

Cuando aparecen los reproches y las acusaciones mutuas, ambos, o alguno de los dos, tienen la ilusión de reconstruir la pareja. El enojo suele encubrir la tristeza de no reconocer que ha fracasado el proyecto de vida en común y el hecho de no percibir lo profundo del quiebre.

El reproche al otro es una descarga que produce alivio: no cargo con mi parte de responsabilidad. El enojo está al servicio de la auto-preservación, por un lado aleja y por el otro acerca y refuerza la unión. El enojo se calma cuando terminan las ilusiones. Evitar el ejercicio de la autocrítica impide el aprendizaje y un mejor entendimiento. Transformar el dolor en aprendizaje renueva nuestras fuerzas, nos reconcilia con nosotros mismos e irradia paz en nuestro entorno.

La reparación

Una mirada profunda, humilde, permite superar el plano de la inocencia-culpabilidad y predispone a la reparación de las culpas objetivas, tangibles, ocasionadas por daños graves al respeto, a la confianza, a la intimidad y al erotismo, los pilares de una relación conyugal.

Es reparador si la persona comprende y auténticamente se disculpa, “lo siento”, “lo repararé hasta donde pueda”, “me hago cargo”.

La persona dañada es acreedora y puede y debe exigir compensación en la misma moneda. Así deja de ser víctima y a la vez cautiva de venganzas desmedidas. Si la reparación es solicitada sin odios y con compasión nos trae paz. Los cónyuges en separación tienen la amorosa obligación para ellos y para sus hijos y familia de construir una relación en armonía y pacífica. De lo malo recibido devolver solo un poco, asentir y retirarse.

Entregarse al dolor intensamente, a esa tristeza enorme porque tanto ha terminado, nos permite volver a florecer.

La despedida

Calmados los enojos, elaboradas las culpas, aceptadas las fuerzas del destino y comprendiendo que los caminos de ambos son irreversiblemente paralelos les queda a ambos reconocer, agradecer y honrar lo que cada uno recibió durante la vida en común:
“Soy lo que me pasó y vos formas parte”.
“Todo lo que recibí de vos, alegrías y quebrantos, viven y fructifican en mi”
“Fue hermoso y quizás necesario habernos encontrado”
“En lo que nos fue mal yo asumo mi parte y vos la tuya”
“Crecimos juntos, aprendimos para que no sea en vano”

Una vez desligados, los ex cónyuges pueden sostener algún diálogo y tratarse con respeto.

Los tiempos del penar son inevitables y ninguna terapia puede evitar transitarlo.

Una crisis de tal magnitud lleva a la reflexión, al recogimiento para renovar fuerzas y también nos sirve como aprendizaje para no tropezar con la misma piedra y como legado a nuestros hijos y afectos.

Elaborar la separación

La venganza, fuerza destructiva y autodestructiva. “Ya vas a ver”. “Te acordarás de mi”.

El rencor, odio crónico que acusa al otro de todos los males, muerde y retiene.

El odio enceguecido que impide ver la dinámica de conjunto de la pareja, de sus implicaciones derivadas de los sistemas familiares donde se gestan muchas de sus conductas inconcientes.

La Culpa
Por quebrar pactos
Por no haber hecho lo suficiente
Por haber lastimado
Por abandonar
Porque no te quise
Porque no supe quererte

La Necesidad de comprender
Para darle unidad y sentido a mi propia historia
Para no repetir
Para transferir a otros mi aprendizaje

El golpe a la autoestima
Porque fracasó la ilusión
Porque valgo poco
Porque fuí ciego

El miedo
A volver a sufrir

Las pérdidas
La pareja
Los amigos comunes
El hogar
La familia política
El trabajo en común
Lo cotidiano

Transitar el golpe -o shock- inicial
Buscando contención afectiva en familiares y amigos
Desengañándose de supuestas lealtades afectivas
Buscando un lugar para hablar, soltarse, llorar y gritar
Encontrando un “contás conmigo”. Palenque y bancadero

Aprender a
Estar solo
Vivir solo
Entablar nuevas relaciones
Reorganizar el sistema familiar
Nueva casa
Construir el auto-apoyo suficiente

Recobrar lo proyectado en el Otro
Lo excesivamente complementario que me desvitaliza
Disolver lo indiferenciado
Anular lo competitivo en reciprocidad y aliento mutuo

No te olvido

No podemos tomar a la ligera a los hijos comunes, el hogar conyugal, la intimidad, la ilusión, los recuerdos y las miradas del amor en sus diferentes formas. Nadie que haya vivido un relación seria de pareja puede separase sin pasar por la puerta del dolor y de la culpa en el momento de dejarla. El reconocimiento de ambos de lo que cada uno puso durante los años de vida en común permite continuar la mirada amorosa, nunca indiferente, más allá de la pérdida del vínculo conyugal.

El Adiós se dignifica cuando se reconocen y agradecen los buenos momentos compartidos.
“Algunos recuerdos nuestros traen felicidad”
“En nuestros hijos te veo y me veo y en ellos aún te sigo amando”

El Adiós nos eleva si lo realizamos con elegancia.

Estos sentimientos de reconciliación que benefician a toda la familia pueden convivir aún con actitudes defensivas y con algunas broncas en relaciones de pareja muy golpeadas y con marcas duraderas.

El Adiós, realizado amorosamente, nos deja libres.

Lic. Tobías Holc

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